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CAPITULO 1.- EL COMIENZO
Era invierno, principios de año, en la hacienda apenas habían pasado las festividades navideñas, de año nuevo y de Reyes Magos, que por cierto habían sido muy austeras en comparación con años anteriores, las mañanas y las noches eran un poco gélidas en los alrededores, era la época en que grandes como uvas y duras como cocoyoles, las piedras heladas comenzaban a caer sin aviso previo desde el cielo. Hoy, La más grande granizada jamás vista hacía correr a los animales con desesperación de un lado a otro para protegerse de los tupidos golpes que de ellas recibían.
Nadie pudo presentir que en este día que aparentaba ser tranquilo tal lluvia de proyectiles les caería. Solamente Ña’ Blanquita, una gallina vieja a quien le dolían todos los cartílagos cada vez que el frío acechaba, se mantuvo todo el día gritando... ”viene una helada, rápido, corran a protegerse”, pero nadie le hizo caso a sus insistentes cacareos debido a sus continuas chocheras. Las nubes se habían mantenido ocultas y al acecho tras la densa bruma del cerro vecino hasta el último momento y para cuando el granizo empezó a descolgarse repentinamente de las nubes oscuras ya era demasiado tarde.
Don Pancho, era un burro no de muy buen ver, para que mentir, no era físicamente bello, más bien parecía un poco escueto de carnes, con ancas un poco flojas, y su pelaje áspero y gris no le daba mucha presencia, pero nadie miraba eso, porque cuando Don Pancho hablaba se le notaba la clase. Su voz era calmada y entonada, y sus despiertos ojos hacían ver que el camino recorrido había estado lleno de aventuras y que había aprendido muchas cosas a través del tiempo.
Su vida había empezado hace ya unos cuantos años en los corrales de la hacienda San Miguel, al norte de Guanajuato, y en esa época no se parecía a lo que era hoy. Era robusto, muy grácil y hermoso. Se volvió muy famoso entre los hombres, que lo avaluaban con un precio muy alto. Con su pelaje dorado caminaba exhibiendo sus orejas en alto, recibiendo los halagos y buenos tratos de todos los que le admiraban y alababan por su belleza y porte,.... pero luego vino la desgracia…
Don Miguel de León enfermó de gravedad y le sobrevino la muerte. Sus hijos, no muy hábiles para las labores del campo, en poco tiempo perdieron la fortuna por el despilfarro que hacían en cosas ajenas a las que se requerían para beneficiar las tierras que les fueron heredadas y empezaron a vender lo que tenían… haciendas, minas, y animales. Ya para entonces toda la belleza de Don Pancho se había esfumado debido al abandono que sufrieron todos los animales de la hacienda. Fue vendido por miserables pesos a los dueños de la hacienda San Matías, personas sin escrúpulos que sólo les interesaba aumentar rápidamente su capital explotando la tierra mexicana y llevarse todo el dinero hacia tierras españolas.
Él jamás renegó de haber nacido asno porque decía que si Dios lo había creado para soportar la carga era porque esa era su misión, y recordaba las sabias palabras que Don Miguel le repetía cuando en las faenas se encontraban... “Pancho, mi laborioso borrico, buen amigo... los de tu especie han llevado en sus espaldas gran parte del peso de toda la historia de la tierra”..., y siempre que esto venía a su memoria silbaba con agrado al realizar sus difíciles tareas que consistían en acarrear pesadas cargas como bultos de alimentos, madera, tierra y fertilizantes, cosechas recogidas, semillas para los sembradíos, y todas aquellas cosas que era necesario trasladar entre las propiedades de sus dueños o hacia los pueblos cercanos para efectuar la compra venta de diferentes artículos. Será por ese modo de ver la vida y de aceptar su condición haciendo todo lo posible por realizar sus deberes de la mejor manera que Dios lo bendijo grandemente al poner en su camino a Shaka, una burrita negra y dulce nacida en la mencionada hacienda.
Desde que la vio quedó prendado de sus grandes ojos, de esa mirada que le expresaba las emociones que jamás ninguna otra le brindó. Él no sabía como acercarse a ella, porque sabía que ya no era hermoso y que Shaka era una hembra muy bonita, con un cuerpo bien desarrollado y de elegante caminar, pero fue un rayo estrepitoso caído del cielo en un tarde de intensa lluvia quien le hizo el milagro de ponerle frente a ella y con la posibilidad de tener algún tipo de contacto más cercano. Cuando el fuerte ruido del meteoro espantó a Shaka, cuyo bello rostro reflejó el gran susto que sentía, de un brinco ella se acomodó cerca de la piel de Don Pancho que para calmarla comenzó a contarle historias, esas de su vida anterior, de las alegres carreras en la plaza, de los juegos divertidos con los niños, de las canciones vespertinas acompañadas de guitarras amorosas que en sus grandes orejas todavía resonaban, de cómo le silbaban desde la ventana las mozas… Shaka, confortada y sintiendo un especial y sereno latido en su corazón, dejó de temblar por el susto y le sonrió.
No pasó mucho tiempo para que realizaran la boda , eso si, un tiempo plagado de muchas vivencias que ambos compartieron, todas ellas fueron muy bonitas y por ello su cariño creció enormemente al paso de los días; durante las noches, antes de dormir, les gustaba mucho relatarse historias antiguas, eso mientras escuchaban los sonidos de los insectos y se detenían a observar las luces que como pequeñas chispitas aparecían en el amplio y profundo azul del cielo, y durante el día, ya sea al momento del amanecer, después de desayunar o en algún descanso del mediodía, aprovechaban para jugar alegremente entre los pastizales como si fueran dos chiquillos.
Todos en el establo se vistieron con sus mejores trajes para aquella memorable ocasión, las crines bien peinadas, los caballos, esbeltos y delicados, por tener un rango superior fueron los encargados de bendecir a la enamorada pareja. Ese día la mejor fiesta de la hacienda se llevó a cabo, no faltó nadie. En los gallineros, las gallinas no dejaban de poner huevos de la alegría, Ña’ Blanquita cacareaba la marcha nupcial, y los gallos kikiriqueaban de emoción, las ovejas y las cabras bailaban como locas... bueno, las cabras siempre han estado locas, y en las porquerizas, los cerdos se revolcaban como nunca antes para estar según ellos bien bonitos para la celebración. Los perros ese día dejaron de perseguir a los gatos y todas las demás aves dejaban caer desde lo alto las ramitas y semillas que recogían con sus picos… ¡si Señor! fue la mejor fiesta.
Pero de la fecha de su matrimonio y de aquellos días divertidos ya ha transcurrido algo de tiempo, Shaka ahora está esperando un bebé, apenas se mueve, lleva cuatro meses de gestación, y la pobre ya siente el peso de su hijo. Cuando hace sol, ella se tiende en el prado para calentar su cuerpo, pero los dueños de la hacienda o los trabajadores que están a su cargo, insensibles ante su padecimiento y su condición de futura madre, la arrean y a empujones la hacen seguir cargando cosas como si aún estuviera en plenitud de facultades. Ella ha sentido que si sigue cargando tanto peso, su bebé puede sufrir algún daño, y en las noches ya no puede dormir bien debido a la preocupación y lo inestable que se siente.
Don Pancho sufre por su esposa y por la criatura que ya vive en su vientre, tiene miedo por la salud de ambos, ha estado durante muchos días analizando la situación, observa a Shaka realizar esos esfuerzos a la que la tienen sometida, desea un mejor futuro para ambos y sabe bien que de seguir en esta hacienda no podrá ofrecerle buenas condiciones de vida a su bebé que viene en camino. Él tiene la intención de marcharse llevándola consigo hacia algún otro lugar a la primera oportunidad que se les presente, le ha hecho algunos comentarios al respecto, pero no le ha externado plenamente todas sus ideas, la verdad es que no ha planeado mucho pues desconoce que rumbo tomar y si ella podrá aguantar el trajín de un viaje a estas alturas, aún así, sabe que tarde o temprano tendrán que arriesgarse en pos de ese ideal.
La fuerte y prolongada granizada ha hecho que el trabajo se detenga y que los dueños de la hacienda se retiren a su vivienda para cobijarse. Los animales se han ido protegiendo donde han podido y como Dios les ha dado ha entender… en los recodos de los techos… debajo de las carretas… hasta la casa de los perros está llena de animalitos. Los corrales y cobertizos ya están ocupados... todos corrieron atemorizados a protegerse hacia la hacienda, todos menos dos.
Esta noche aprovechando la bulla y el desorden que produce la tormenta han decidido huir en medio de los impactos que reciben a su paso por parte del granizo, a sabiendas de las dificultades que les pueden esperar por delante y sin nada más que sus disminuidas fuerzas y sus grandes deseos de huir, Don Pancho y Shaka se han fugado, justo antes de salir se comentaron entre si... “este es el momento, vamos, tenemos que hallar un mejor porvenir, este no es nuestro lugar y menos el de nuestro bebé, busquemos nuestro destino”, quieren darle a su retoño que se aproxima a venir al mundo una esperanza de vida, porque en la hacienda peligra su existencia. Así que sin pensarlo dos veces han escapado a través del desierto llevando consigo únicamente unas cuantas cosas que con un poco de dificultad lleva Don Pancho a cuestas sobre sus lomos.
CAPITULO 2.- DE CÓMO DOS FUERON TRES.
La fugitiva pareja lleva ya varios meses viviendo en la soledad del desierto y la pesada agonía que fue deambular por esos parajes en pleno invierno sin llevar un rumbo determinado por fin ha culminado. La llegada de la primavera con la belleza de sus colores, aromas y sonidos alegres que deleitan los sentidos ha representado para ellos como el viaje de luna de miel que nunca tuvieron. Cada día que pasa Shaka está mas hermosa, reluciente y llena de vida, ha recuperado gran parte de su vitalidad, su pelaje es más terso, su mirada refleja cariño y dulzura, y siente amor dentro de si como nunca lo había sentido, y Don Pancho que no merma sus esmeradas atenciones por ella a pesar del cansancio y la dificultad de las condiciones en las que se encuentran, hasta parece haber rejuvenecido.
A inicios de Abril, en uno de los primeros días de la primavera, sorprendió gratamente a Shaka trayéndole en el hocico un ramillete de flores azules, rojas, amarillas y blancas que cayeron a sus pies mientras pasaba por el medio de los enormes cactus. “Me lo han regalado gustosamente los saguaros para ti mi linda Shaka” le dijo a la futura madre, “Me dijeron que no había hembra más bella entre todas las que han visto que mereciera el honor de llevar puestas las primicias de sus flores de esta primavera”. Shaka sonrió ante la imaginación de su esposo al tiempo que las recibía y las acomodaba en uno de sus costados mientras descansaba en el interior de su morada. Él no mentía, ciertamente todos los seres vivos que se encontraban en el desierto reconocían la belleza de Shaka y la cuidaban para que llegara a feliz término su embarazo.
La época de sequía por fortuna ya ha concluido y las lluvias al llegar a lo profundo de la tierra, habían hecho surgir un paraíso lleno de floreciente vida. Los saguaros, con su imponente presencia, se encuentran por doquier y algunos miden hasta 15 metros; Como auténticos oasis, son las reservas de agua más importantes de la zona. Para Don Pancho esto al principio había representado un problema, pues desconocía la manera de cómo aprovechar el liquido vital que ellos tenían, pero como viejo burro astuto que era, al final pudo solucionar el problema y extraer el agua de un viejo cactus que se resistía a ser drenado. Utilizando una raíz de mezquite a manera de tapón, él la introdujo en la parte superior del cactus empujándola con su hocico hasta que hubiera alcanzado la parte carnosa y cada vez que necesitaba líquido sólo tenía que retirar el tapón y el chorrito brotaba. El enorme cactus de casi 10 toneladas de peso al saber que su agua serviría para calmar la sed de Shaka ya no se sentía despojado de sus fluidos, y con todo cariño se los brindaba.
Ahora ha llegado el verano, hoy han pasado ya casi seis meses desde el día que ellos huyeron de aquella hacienda cuando cayó la fuerte granizada, y para la pobrecita pareja no todo ha transcurrido color de rosa. Cuando ellos llegaron al desierto estaba en pleno apogeo el invierno y la vegetación era casi nula, los animales y las plantas eran difíciles de encontrar por lo que Shaka pasó periodos de hambre y sed, pero la voluntad de sobrevivir era más fuerte que otra cosa. Su embarazo ya va por el décimo mes y todo parece llevar un buen curso, solamente faltan dos meses para conocer a su bebé y esa es la esperanza y la ilusión que alimentan sus días durante este tiempo.
Algunas noches cuando el calor arreciaba y se volvía sofocante, se sentaban en la entrada de la cueva que les ha servido de hogar durante todo este tiempo y planeaban el nombre de su hija (Y es que Shaka estaba empeñada en que sería una hembra). Ya habían recorrido casi la mitad de los nombres conocidos y fue cuando una madrugada, de repente, ella dijo... “se llamará Paca”, él, medio adormilado, se extrañó por el nombre pero la burrita con calma empezó a explicarle los motivos y le mostró que era el resultado de unir sus nombres... Pancho y Shaka,... “Paca…Paca… repetía Don Pancho, ¡me gusta, siii, me gusta!”, y con un tierno besito festejó con Shaka el bonito nombre que ella había encontrado para su bebé, y además se unió al deseo de que fuera hembra la burrita ya que entre otras cosas se preguntaba a si mismo en su interior.... “¿Qué nombre le pondríamos si fuera macho e hiciéramos el mismo ejercicio con nuestros nombres, Chacho..?, No, no, mejor así, Paquita..”.
Los días transcurrían con calma en el desierto y Don Pancho como buen esposo y próximo padre de familia se daba a la tarea de buscar alimentos para almacenar ya que pronto llegaría su bebé y serían dos bocas a las cuales alimentar. Él lo hacía gustosamente, con mucha paciencia buscaba los más robustos frutos que encontraba en su camino, y las plantas con mejor coloración las localizaba con ayuda de su aguda vista que con atención divisaba esos suculentos bocadillos que servirían de sustento a sus dos bellas mujercitas, recolectaba poco a poco todos esos alimentos y los colocaba con sumo cuidado en la cueva teniendo la precaución de clasificarlos y acomodarlos según su tiempo de posible requerimiento al ir creciendo su bebé.
Fue una de esas tardes cuando repentinamente sintió por primera vez un olor extraño en el ambiente, por doquier que pasaba estaba impregnado un aroma que él no podía reconocer de entre todos los demás olores que había percibido en el desierto, pero que sus orejas y su nariz le decían que debía permanecer alerta, su instinto de supervivencia le estaba haciendo notar que había una presencia maligna rondando como un peligro inminente en la zona.
Esa noche no pudo dormir, daba vueltas sobre las hojas secas mientras Shaka trataba de calmarlo pasando su lengua suavemente por sus orejas y rebuznándole muy despacito que se durmiera. Se quedó mirando la luna llena brillar sobre el cielo azulado tratando que la hermosura de ese panorama le permitiese disipar sus temores, y por unos instantes pensó que eran miedos infundados, pero para su desgracia un sonido que se percibió no muy lejano le heló la sangre… era un aullido, el temido depredador de los desiertos había llegado.
A la mañana siguiente empezó a planear como se protegería del animal que estaba rondando su territorio. Hasta ese momento él había mantenido una buena y muy amistosa relación con los demás animales que moraban el desierto. Los gorriones, los carpinteros y palomas lo habían ayudado a convertir la cueva en un buen lugar para él y Shaka. La llenaban de hojas secas y ramitas que les sirviera de lecho, hasta le traían de vez en cuando semillas y frutos frescos. Iguanas, lagartijas y hasta las arañas, que colocaron cortinas con su resistente tela para que la luz no molestara a la futura mamá, les habían dado la bienvenida. El correcaminos colocaba choyas espinosas cerca de la entrada para que si se acercaban algunas serpientes sintieran las espinas y se alejaran. Liebres, conejos y roedores se encargaban de acompañar a su mujer mientras él salía a buscar comida y agua para Shaka ya que ésta ya no podía mantenerse en pie los últimos meses de su embarazo. Todos habían sido sus amigos y los que no, por lo menos respetaban su espacio y no procuraban agredirles, pero él sabía el peligro que se avecinaba, muchas veces lo escuchó de sus anteriores dueños, todos ellos lo habían nombrado con temor y se armaban al salir en su encuentro, por lo que no le cabía duda: el lobo gris había llegado a amenazar la tranquilidad que apenas disfrutaban.
El encuentro no se hizo esperar. En lo alto de una colina mirando a su presa se encontraba el lobo gris, erguido sobre sus fuertes patas y con su cola larga que ondeaba con el viento. Alrededor de su cuello se podía observar un collar de pelos negros. Una buena parte de su cabeza era negra sobre un fondo gris y en sus ojos rasgados y sin brillo se podía advertir un helado aspecto de muerte. Don Pancho emprendió la retirada justo en el mismo momento en que el lobo comenzó a descender de la colina. Las patas del lobo estaban equipadas y adiestradas para correr grandes distancias rápidamente y en pocos segundos lobo y burro se encontraron de frente justo en la entrada de la cueva.
Don Pancho para defender a su familia empezó a dar de coses en la entrada impidiendo que el lobo entrara y viera a su esposa pero era demasiado tarde, ya el animal había visto que adentro de la morada se encontraba una presa mucho mas fácil de conseguir. Fingiendo haber sido alcanzado por una de las patas delanteras del burro emprendió la retirada lanzándole miradas de venganza a Don Pancho que ya se sentía victorioso pues pudo repeler el primer ataque de aquella feroz bestia. El burrito algo cansado por la pelea entró y se tendió junto a su esposa sintiéndose orgulloso de haber podido defender a su familia haciendo huir al enemigo, exclamó junto a ella en voz baja pero con un cierto aire de grandeza que devolviese la confianza tanto a él como a su linda burrita... “¿Lo ves amor?, podemos sobrevivir y mantenernos el uno al otro y a nuestra beba libres de peligros en este lugar, no permitiré que nos dañe ese desgraciado animal”, y ella cariñosamente le respondió... “Sí Panchito, contigo me siento feliz y protegida, eres muy valiente y le has dado su merecido a ese lobo malo.”
Pero la dicha les duró muy poco. En cuestión de segundos el mañoso lobo reapareció enseñando sus filosos colmillos delante de la cueva y sin darle tiempo para reaccionar al burro y que pudiera levantarse y ponerse a la defensiva, arremetió sobre la pobre Shaka clavándole sus 42 dientes en el cuello y sus patas delanteras. El Burro montó en cólera al ver a su mujer en el piso sangrando y de un furioso salto se abalanzó sobre el animal arrojándolo contra las rocas de la cueva matándolo en seco.
Pero el daño ya estaba hecho. Shaka sabía que sus horas estaban contadas y que debía sacar al bebé de su vientre antes de que su último aliento se expirara. Le pidió ayuda a su esposo diciéndole... “Amor, necesito de tu ayuda para poder traer a Paquita al mundo, tiene que ser ahora, ayúdame” y este a su vez asentía y rebuznaba desesperado pidiendo ayuda a los demás animales a la vez que en un intento por tranquilizarse y a ella también, le decía... “Princesa, ya verás que todo saldrá bien, nuestra bebé, Paquita, porque si será mujercita, vendrá sana y salva,... calma amor, ya vienen a ayudarnos”...
Él era un burro de carga y no sabía nada de partos… ¿qué podía hacer? Pronto llegaron en su auxilio las comadrejas y las conejas. Ellas sabían mucho sobre esto y le dijeron que lo primero que tenía que hacer era calmarse y ayudar en el momento en que empezaran a salir las patas del bebé. Las avecillas se sacaban algunas plumas y con algunas hojas cubrían las heridas de Shaka con el fin de evitar que saliera mas sangre.
Shaka con las pocas energías que tenía pujaba y pujaba hasta que Don Pancho pudo ver asomarse las patas del bebé tratando de tomarlas pero con cierta dificultad. Había un problema, las patitas de Paca estaban atoradas y no lograban resbalar hacia el exterior. Todo era angustiante, Shaka estaba muriendo y su bebé lo haría también si no lograba salir… ¡Salva a nuestra hija! pedía entre llantos y Don Pancho como pudo arrastró a la recién nacida al exterior.
Paca salió con cierta dificultad pero al cabo de unos minutos sus cuatro patas lograron encontrar cierto equilibrio y caminar tambaleando. Con empujones de su hocico y feliz por lo que veía, Don Pancho acercó a Paca hasta su madre para que pudiera verla. Shaka haciendo un esfuerzo abrió sus hermosos ojos llenos de lágrimas para poder observar lo bella que era su hija, pasando su lengua sobre su tierna piel comenzó a limpiarla como lo hacían todas las madres o eso intuyó ella que debía hacer.Al cabo de unos minutos. Paca ya estaba limpia y con hambre. Shaka la acurrucó entre sus patas y mientras le daba de comer empezó a cantarle cerca de su oído: “Hermosa Paca, jamás estarás sola, siempre seré tu estrella, solo mira el cielo y me veras”…y al decir esto Shaka lanzando un suspiro se quedó dormida.
CAPITULO 3.- PACA QUEDA HUERFANA
El sol inclemente de finales de Julio se encontraba en su punto máximo y a toda su intensidad y el fatigado Don Pancho se daba cuenta que la sombra bajo sus pies había desaparecido por completo. Era hora de dar un merecido descanso a sus ya maltratados cascos que habían cruzado los cañones y caminos del desierto que cubre el norte Jalisciense. Largo y sinuoso ha sido el trayecto desde que dejaron la cueva que los había mantenido refugiados durante una larga temporada, y la presencia tan cercana de la manada de lobos hizo que Don Pancho emprendiera el camino a través de la Sierra Madre Occidental.
 Paca, la pequeña burrita, ya caminaba mejor a pesar del defecto físico producto del esfuerzo que tuvo que realizar a la hora de su nacimiento. La naturaleza y la difícil circunstancia que rodeó su alumbramiento habían dictaminado que una de sus patitas traseras cojeara haciendo su trote un poco más lento que la de los demás animales de su especie. Don Pancho, como buen papá que era, esperó el tiempo prudencial para que ella le pudiese dar poco a poco fuerzas a sus ancas, tiempo que él utilizó para estudiar el terreno y saber hacia que lugar se dirigirían. A pesar del tiempo transcurrido en estos parajes y de los recorridos que a través de ellos ya había efectuado, el hecho de no ser oriundo de estos rumbos le impidieron tener idea clara de cuál era el mejor camino a seguir, por eso decidió averiguar entre los expertos de la zona.
 A los Borregos Cimarrón les gusta mucho explorar las altas cumbres y son especialistas en escalar difíciles peñas y riscos, por eso conocen muy bien la topografía y lugares de la sierra. Para los habitantes del desierto, el Borrego es considerado como el más ilustre de sus conciudadanos debido a la cultura y su manera fina de hablar. Uno de estos ejemplares, elegante personaje quien había tenido roce con varias culturas de la zona y hablaba varios idiomas, sobre todo el de la cultura Náhuatl, fue al que Don Pancho se acercó una noche después de haber terminado sus rutas exploratorias, e hizo contacto con él para averiguar los pormenores del territorio en el que se encontraba y para solicitarle su consejo respecto a la dirección más conveniente a seguir. Ese Cimarrón, fue quien le narró a Don Pancho la existencia de los Huicholes que tiempo después serían trascendentales en su vida:
 “Existe un poco más al oeste, enclavados en el espinazo de la Sierra, una variedad de animal que le gusta vivir en grupos grandes. Tienen unas costumbres extrañas pero por lo que he podido observar aman a la naturaleza. Tienen una forma de bailar y vestirse que provoca risa, sobre todo los machos que usan muchos adornos en sus vestiduras. Las hembras son más sencillas y se encargan de ponerle todos los accesorios a su pareja. Muchas veces me he acercado hasta sus manadas y me han tratado con mucho respeto. Al estar en contacto con su hábitat pude observar que sobre sus vestiduras dibujan animales como serpientes, venados, águilas, etc. y que para rendirle tributo a su Dios que está en el cielo, pintan su rostro y engalanan sus cuerpos con adornos de un brillo muy especial.”
 Don Pancho se dio cuenta de inmediato que el señor Borrego le estaba describiendo a los seres humanos y comprendió que aquel caballero a pesar de su alta educación, al haber tenido una vida no tan apegada a los humanos como él la había tenido, no sabía diferenciar a los hombres de los animales. No quiso aparentar ser más inteligente que el amable cimarrón ni hacerlo quedar como ignorante, así que se limitó a darle las gracias por lo que le había contado y se dirigió a su cueva a descansar. Ahora Don Pancho tenía renovadas esperanzas, el día siguiente se presentaba lleno de promesas, pero primero debía realizar una tarea que le causaba mucha tristeza.
 A la mañana siguiente, muy temprano, con un ramo de flores en el hocico, se dirigió a un lugar en donde se podía observar que la tierra había sido removida no hacía mucho tiempo. Sobre el punto se encontraban muchas flores, algunas nuevas, otras marchitas, y habían también piedras de colores que iban depositando los animales que reconocían lo que tal lugar contenía, y lo hacían cada vez que pasaban en las cercanías de ese sitio. Don Pancho se sentó sobre sus patas traseras y mirando en dirección del montículo dijo: “No quisiera abandonarte, amada mía, sabes que mi vida has sido tú y que hubiera querido morir a tu lado, pero nuestra Paca es pequeña todavía, necesita una oportunidad y aquí está en peligro. Debo partir, creo que por fin he encontrado el lugar donde nuestra hija puede crecer feliz. Yo ya no soy joven, me siento un poco cansado, algún día no muy lejano he de partir a tu lado y debo cumplir esta última tarea. Sé que los animales de la región te mantendrán contenta con sus regalos y que tú desde donde estés nos vas a estar mirando y protegiendo. Te prometo conducir sana y salva a nuestra hija hasta ese lugar del cual me ha platicado un culto morador de esta tierra en la que juntos, tu y yo, pudimos hallar nuestra soñada libertad.”
 Con lágrimas en los ojos, acomodando solemnemente el lindo ramillete sobre la tierra que cubría el especial paraje, y con la promesa de que algún día estarían de nuevo juntos, Don Pancho abandonó a paso lento la tumba de su Shaka y partió en busca de Paquita para emprender el camino a través del desierto hacia aquel lugar prometido que le había narrado el Borrego sabio.
 Todas estas vivencias venían en forma de recuerdos a la mente de Pancho mientras descansaba y veía a su hija recorrer el lugar como si sus energías no se agotaran. Como todos los niños de escasa edad, Paquita le preguntaba a su papá cuanto faltaba para llegar a aquel lugar al que se dirigían, y este con paciencia respondía lo habitual: “falta poco”, aunque en realidad él no sabía si había tomado el camino correcto o si su dirección había cambiado de sentido en algún punto. Él no era como el Borrego, no sabía de orientación, ni conocía la zona, solo su instinto le había guiado y a estas alturas ya ni en ello confiaba plenamente. El sol era severo y Don Pancho tenía miedo de haber llegado a algún lugar en donde corrieran el riesgo de morir de sed y hambre.
 Ya su vista, en la cual también había tenido plena confianza en otras ocasiones, le estaba jugando bromas pesadas, varias veces durante esta parte de la travesía había visto surgir agua en el camino y al llegar a ella solo encontraba la seca y caliente arena del desierto, estos incidentes los intentaba disimular en la presencia de Paquita, pero en sus adentros ya sentía un poco de desesperación y se decía... “Sé fuerte, no le demuestres a la bebé lo que realmente sientes, avanza, avanza, ya no debe estar lejos el lugar que te platicaron, presiento que ya falta poco, no te desanimes ahora, hazlo por ella y por Shaka...”
 Pero lo mismo le estaba sucediendo ahora, cree estar alucinando, ya que ha visto acercarse una figura que parece haber surgido detrás de una colina. Paca, emocionada, jalándole las orejas le ha dicho que se levante, pero el pobre Burro no puede atender sus llamados, está cansado, sus patas extenuadas yacen sobre la arena caliente, solo sus ojos con un aire de tristeza se mantienen clavados en su espejismo. Es una cara risueña, de tez quemada y ojos saltones que lo miran como haciéndole un análisis médico. El hombre raro tocando su frente, lo examina, y clavando algo en sus patas provoca que Don Pancho pegue un brinco y se ponga en pie dándose cuenta que su espejismo es real y que Paca, ya repuesta del cansancio, hace rato que bebe algo de la mano de otro de los hombres, el de más baja estatura, mientras da brinquitos a su alrededor con su característico salto, en actitud juguetona y de agradecimiento al ritmo de unas campanitas que él hace sonar. Ambas personas hablan en un lenguaje que Don Pancho no puede entender, esos hombres son muy diferentes en su aspecto y comportamiento a los que él había conocido anteriormente. Por la manera de vestirse él se ha podido dar cuenta que se parecen a los que había descrito el Borrego, y mirando al cielo, como buscando los ojos de su Shaka, esbozando una leve sonrisa exterior pero profundamente feliz en su interior, agradece el haber podido encontrar a estos integrantes de la tribu que estaba buscando.
 Los indios Huicholes con los que Paquita y Don Pancho se encontraron esta tarde son comerciantes y se encargaban de llevar los utensilios que fabricaba su tribu hacia las otras tribus vecinas para así lograr el intercambio de cosas que necesitaban, como comida, pieles y otros artículos más de básica necesidad. Tanto el alto como el más bajo de los dos hombres vestían con un calzón largo de manta tejido en punto de cruz y una camisa larga abierta en la cintura amarrada con una faja o juayame. Llevaban una especie de pañoleta anudada al cuello que caía sobre su espalda y como toque particular un sombrero hecho de palma adornado con chaquiras y plumas que les protegía la cara del sol. Uno de ellos colocó por un momento uno de sus sombreros sobre la cabeza de Paquita y ella muy coqueta desfilaba ante sus ojos.
 Sus carretas estaban llenas de artesanías como vasijas de barro cocido decoradas con detalles de varios colores, vestidos y cobijas de fibras de maguey y algodón, así como collares, brazaletes y todo tipo de adornos elaborados en plata. Esta mercancía que en su tribu era elaborada por las diestras manos de sus pobladores, habilidosos en el arte de la costura, el grabado pictórico, la alfarería, el tallado de piedras y el moldeo del metal, les servía para el trueque por harina, sal y carnes secas, ya que donde vivían la tierra no era muy productiva y la ganadería muy escasa.
 Los indios Huicholes, al igual que casi todos los pueblos indígenas, se distinguían por su gran resistencia física, y cada mes recorrían un largo trayecto que comprendía decenas de kilómetros, desde las tierras de Guanajuato, Jalisco y Zacatecas hasta llegar a San Luis de Potosí, más exactamente hasta La Real de Catorce, en donde terminaban su travesía y regresaban al punto de partida trayendo consigo todo lo necesario para su pueblo, ellos sabían que en esa población sus mercaderías si eran apreciadas en su justo valor debido al conocimiento que allí se tenía de todo lo relacionado a la elaboración de productos artesanales, además de que la región aún conservaba gran parte de su apogeo basado principalmente en la abundancia del metal que ellos tanto apreciaban y del cual habían oído mencionar que dicha zona era la más rica de todo el mundo. Este recorrido lo habían hecho desde hace siglos aprovechando el camino que los conquistadores españoles habían trazado para la explotación de las ricas minas y que ahora se conocía como El Real Camino de La Plata.
 Esta noche, a la hora de descansar, los viajeros decidieron recostarse y beber un extracto natural que los hacía entrar en trance para así curar los malestares producidos durante el viaje. Ellos aseguraban que de este jugo extraído de un cactus llamado peyote lograban encontrar las fuerzas del equilibrio que requerían para vencer sus miedos, quitar los malos pensamientos de los corazones y unirlos. Bebían tan placidamente, entregados al reposo, despreocupados, absortos en la limpieza y regeneración de sus mentes y cuerpos que no se percataron del peligro que acechaba a su alrededor.
 Ocultos detrás de una colina se encontraban tres indios de la aguerrida tribu Chihimeca, muy conocidos y temidos por su rebeldía y por haber huido hacia las sierras para evitar la esclavitud por parte de los españoles, Esta tribu se estableció en esta zona inhóspita, quedando rezagados en varios lugares y aunque la mayoría ya había logrado adaptarse a los cambios, algunos aún hoy en día pretendían mostrar su falta de adaptación con el medio.
 Aprovechando el estado de relajación en el que estaban inmersos los indios Huicholes, los tres Chichimecas se pudieron escabullir entre el asentamiento nocturno que aquellos levantaron y aprovechando la oscuridad y el hecho de que ya dormían profundamente se lograron apoderar de la carga y de todo lo que pudieron llevarse, incluyendo los animales, para así dejar a los Huicholes sin capacidad de poder perseguirlos y a merced del desierto. No bien habían logrado andar unos pocos kilómetros cuando uno de ellos se percató que la burrita, Paquita, no podía caminar tan rápido como esperaban y le advirtió al grupo que esto les traería problemas para huir con el botín, esto ocasionó que los indios, sin muchos miramientos, tomasen por decisión abandonarla a su suerte en mitad de la Sierra Madre.
 Los rebuznos sollozantes de Paquita se escuchaban fuertemente por el desierto, pidiendo que no la separasen de su padre, atemorizada, suplicaba entre llantos.... “Papi, no me dejes, tengo miedo, me siento sola y no puedo correr igual que tú, me duele mi patita, papi no te vayas...”; Don Pancho, valeroso y tratando de volver con ella, se negaba a seguir caminando, decidido a no abandonar a Paquita y dispuesto a soportar azotes con tal de que también a él lo dejaran en el camino para de nuevo reunirse con ella y los Huicholes, se echó sobre la arena y se resistía a los jaloneos del indio que lo conducía, pero ante su renuencia lo amarraron y entre dos de ellos lo arrastraron. El trote rápido de los indios logró que poco a poco se dejaran de escuchar los llantos de la pequeña Paca y durante el resto del camino Don Pancho, vencido y sufriendo en su corazón, miraba al cielo pidiendo perdón a una de sus estrellas, la más brillante, por no haber podido mantener su promesa.
 Paca, desorientada y temerosa, se quedó mirando por largo rato hacia el horizonte con la leve esperanza de ver aparecer la figura de su padre, ahora se encontraba sola y no sabía que rumbo seguir. Trataba de recordar lo que él le había explicado mientras recorrían el desierto. Muchas veces lo había escuchado decir que para salir de ese lugar deberían seguir la bola amarilla que se encontraba en lo alto del cielo y que brillaba intensamente durante su recorrido desde donde aparecía por las mañanas hasta el lugar donde se ocultaba por las tardes, le decía que él presentía que ahí donde se iba a esconder tendría que haber algo muy importante; recordando todo esto Paquita se quedó dormida, pero muy tempranito, apenas despuntado el alba, tras reconocer lo que creyó que entre sueños se le había presentado como imágenes sin sentido, ha emprendido nuevamente la marcha, ahora tras la enorme esfera que viaja como su guía sobre el cielo.

CAPITULO 4.- LA NOCHE DEL ENCUENTRO
La pequeña Paquita, después de haber estado caminando durante bastantes días del caluroso verano, alimentándose con las hojas de los diminutos arbustos que crecen en algunas zonas del desierto o recibiendo pequeñas porciones de algún nutriente por parte de los habitantes de la zona en la que viajaba, y además, emulando la manera en que había visto que Don Pancho sustraía agua de los cactus para poder calmar su sed, seguía con lentitud y a paso desgarbado el curso de la esfera luminosa, que justo cuando ella despertaba aparecía por uno de sus costados produciendo en su pelaje un tenue calorcito que la reanimaba y le daba vitalidad, y que se ocultaba por el otro lado justo cuando el cansancio ya la dominaba y la obligaba a detener su marcha para descansar resguardándose en medio de algún grupo de matorrales.
Esta noche, al ir transcurriendo unos minutos de su reposo, mientras estira sus entumecidas ancas, se detiene a reflexionar con respecto a dónde estaría su papá, lo que estaría haciendo, o si pronto lo volvería a ver, al pensar en todo esto ella intenta contener la aflicción que siente en su alma debido a la separación que sufrieron a manos de los Chichimecas. La noche es fría y presagia tormenta. Lamentando su suerte, Paquita no ha dejado de llorar; sabe que está perdida y abandonada en un lugar que no conoce. De repente, estando recostada y a punto de dormirse, mirando hacia el cielo advierte que una estrella alumbra más que las otras y que su luz le produce una especie de calma y sosiego que no había sentido en noches anteriores. Como si una voz interior le animara a seguir, decide confiar en ella y emprender el camino en la dirección que le señala dicha estrella, y poniéndose en pie de nuevo, reinicia su recorrido. No se puede saber hasta que punto el destino juega parte importante en la vida de los seres vivientes, hay quienes confían más en ello y hay quienes no tanto, y hay quienes ni siquiera creen que exista y piensan que cada quien forja su futuro con cada decisión que se va tomando a diario; pero el hecho es que Paca, sin tener previa idea de todo esto, en alguna parte del camino esta noche se encuentra en un encrucijada que la conduce a tomar a la derecha o seguir en línea recta sin saber que decisión debe seleccionar. El camino se le presenta más cómodo si cruza hacia la derecha, ya que no se divisan tantas piedras y se ve que ha sido recorrido por muchos más animales antes que ella, pero otra vez decide mirar al cielo y la estrella le indica seguir en línea recta.
 Esta vez ha podido sentir mucho más fuerte la voz que le dice que ese es su camino, que la anhelada felicidad se encuentra más adelante, pero en realidad ya sus desgastadas fuerzas la hacen dudar de todo. Lo único que está deseando es cobijo, el aire de la noche cada vez se ha puesto más gélido y su pelaje es insuficiente para cubrir su sensible piel. Lo poco que pudo conseguir para comer no le ha proporcionado la suficiente energía, pero su obstinación es grande, y recuerda mucho las palabras de aliento que Don Pancho le dijo que su madre mencionó en su lecho de muerte.
A pesar de su corta edad, ya lleva largo camino andado y quizás, por ser hija de uno de los burros mas taimados que se han criado en hacienda alguna, logra detectar en el viento la tormenta que se avecina y su instinto le ordena que es el momento de buscar refugio. Caminando por entre las laderas, todavía observando la ruta que la estrella le indica, se abre paso entre algunos matorrales y es cuando sucede su encuentro con el destino... Justo en un recodo de la montaña, oculta entre ramas y cactus se ubica una iglesia abandonada. Esta iglesia había pertenecido al encomendado Don Gonzalo Quevedo, caballero de la orden de San Lázaro, dueño de tres mil indios, con acceso a la corte del Virrey y a los mejores salones de México, que durante mas de treinta años había explotado las minas de plata y que había sido abandonada cuando el español después de haber sustraído toda la plata que pudo de las minas se fue dejando en el abandono todo lo demás.
Maltrecha por los golpes de las piedras y el roce con los cardos, la burrita, sin saber realmente dónde ha ido a parar, se trepa por los escalones desiguales del recinto; sus cascos sin herraduras van retumbando sobre las losas y arrancan ecos que se pierden en las profundidades de las naves vacías. Pocos conocen la historia que encierran esas casi desnudas paredes, nadie recuerda los retablos que las cubrían y que se dice eran obra del famoso Juan Correa, el mismo que a finales del siglo XVII realizó las pinturas de la sacristía de la Catedral de México; piadosas figuras que alguna vez inspiraron la devoción de los fieles y exaltaban el trágico camino del Calvario; se dice que aquí habían figuras de santos de escultores famosos y que hasta una imagen del Señor de Santa Rosa, traída de Barcelona, España, se podía ver en su interior. Paca contempla desconcertada algunas figuras que aún pueden verse en dichas paredes, vestigios de murales pintados por artistas renombrados de la época y que a pesar de encontrarse semiocultas por las manchas de lluvia y barro arrojadas por el viento que se cuela por las aberturas de los vitrales aún denotan una gran belleza, como la que se encontraba en la parte superior del altar, una impresionante pintura de Dios Padre en el cielo.
Sin puertas que opongan resistencia, las ráfagas frías del viento traspasan hacía el interior. Buscando refugio, Paquita se va arrimando, poco a poco, a las ruinas del altar mayor tratando de mantener el equilibrio cada vez que sus cascos se resbalan. El fogonazo de un relámpago ilumina por un instante el piso que se mantiene adornado por un mosaico de piedras y cristales abigarrados para crear figuras de rara belleza y que nadie recuerda quien fue el autor de tan magnifica obra pero que algunos lugareños afirman que se trató de un orfebre y escultor, maestro del mosaico muy reconocido en las cortes de Europa que abandonó fama y fortuna para terminar sus días como monje en un convento de Guadalajara.
Ya con el hambre apretándole, olisquea las maderas podridas amontonadas junto a uno de los muros, aunque no despreciaba ni los cardos del desierto, no fue mucho lo que había encontrado para alimentarse en el transcurso de su andar desde que fue abandonada, a duras penas se sigue manteniendo en pie y da gracias al cielo por haberse topado en su camino con aquellos benevolentes animales que le habían ayudado. Alguna vez, esas maderas con las que ella se ha topado y ahora convertidas en despojo pertenecieron al púlpito dorado que algunos fieles presuntuosos atribuían a Brunneschello. Han transcurrido muchos años desde el cierre de la mina y pocos recuerdan ya aquella magnífica obra de arte, transportada a lomo de mula a este perdido rincón del imperio gracias a la generosidad y la riqueza del difunto don Gonzalo.
Un púlpito cubierto anteriormente de ónix y ahora de muchas historias por contar; desde sus alturas célebres oradores hicieron oír sus voces sonoras a los devotos fieles que acudían cada domingo. Paca ha revuelto con el hocico los maderos apolillados en busca de algo para comer. ¡Nada! Con una resignación no muy propia de una burra joven, se vuelve hacia el centro de la nave principal, ajena a los querubines y profetas que pisotea. Glorias pasadas, lujos pasados, miserias pasadas...
Permaneciendo un momento inmóvil; absorta, parece contemplar el rayo de luz que encontró paso a través de una grieta en el techo para posarse sobre las alas doradas de un ángel que sonriente yacía tontamente sobre el piso. Con la escasa luz, también se han despertado los brillos ya casi opacos de los vitrales rotos sobre la cúpula. La sala se iluminó de repente con la majestuosidad de varios colores y de pronto una rara belleza parece cobrar vida en ese olvidado lugar, ella, atónita, mirando lo que sucede, se maravilla con todo ello, jamás había estado en un lugar semejante, bueno, de hecho para ella casi todo lo que ve a cada paso que da es novedad, sea allí o en el desierto, aunque con éste último ya se sentía familiarizada, pero esto es diferente, se siente acompañada por algo o alguien y no logra darse cuenta de quien o que era lo que había en el edificio.
Inquieta ante lo que estaba sucediendo, Paca sacudió la cola, caminando un par de pasos hacia el altar, resbalando, retrocedió bufando. A través del rayo de luz de una luna que aún no había sido cubierta por las nubes de la tormenta que venía, Paca pudo observar que sobre la pared del recinto se encontraba una figura con los brazos extendidos y sus manos y pies sangraban por algo que los sujetaba. En su cabeza, una corona de espinas producía el mismo efecto y la sangre resbalaba hasta sus ojos. Paca sintió mucha tristeza por el ser que ahí se encontraba; ella que había pasado varias penurias en el desierto, se encuentra de pronto consolando una figura que no le respondía. Identificándose con ella, le dijo que no se encontraba sola, que las dos se harían compañía.
Poco a poco el frío que Paquita sentía se fue haciendo menos fuerte; ella le contaba al nuevo conocido las cosas que había pasado desde que nació; de sus aventuras con su padre; de cómo la habían robado y luego abandonado en el desierto hasta llegar al lugar donde ahora ambas, ella y la figura que parecía tomar vida se reunían. Sus ojos no se apartaban de la mirada que le brindaba esta figura en la pared. La continua charla y el cansancio sobre todo, hicieron que lentamente, Paquita fuera cerrando los ojos y acurrucada debajo de la figura del Cristo se ha quedado dormida.
CAPITULO 5.- CONOCIENDO A PATRICIO Y ADRIANA
La suave brisa rondaba esa cálida mañana de otoño. Un sol destellante apuntalaba el cielo y Paquita pudo sentir el calor en su maltrecho cuerpo. Estirando las patas y lanzando un bostezo termino de alejar los últimos rastros de sueño. Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había sido un sueño y que en realidad se encontraba protegida en su nuevo refugio y en compañía de su nuevo amigo.
 
Alzo los ojos y lanzando unos rebuznos le dio los buenos días sin poder disimular su enojo. ¿Quién habría puesto a su amigo en esa posición? Poniendo sus patas en la pared trataba de llegar hasta él para ver si mordiendo los clavos podría liberarlo de sus ataduras pero todo era en vano; la figura se encontraba muy alta para ella. Se prometió a si misma que en lo que pudiera buscaría ayuda para bajarlo de ese incómodo lugar.
 Aunque nunca recibió una palabra de la boca de la imagen, ni tan siquiera una mueca ni un gesto que le hiciera ver que estaba vivo, Paquita podía sentir en aquellos ojos un brillo del cual brotaba una extraña ternura que le hablaba muy adentro. Él no necesitaba mover los labios para llegar al corazón de Paquita porque ahí donde no hacían falta palabras, en ese lugar muy oculto de su pecho donde ella mantenía el cariño hacia sus padres, un dulce calor la invadía y le hacía sentir que las cosas iban a mejorar para ella y Paquita le creía.
 Pero las cosas no se detenían en ese lugar y mucho menos el tiempo. Ya habían pasado muchas horas desde que Paca se alimentó por última vez y el hambre empezaba a crear sonidos en su pancita, así que tomó la decisión de salir a buscar alimentos aprovechando el buen clima.
 Las mismas escalinatas que la noche anterior se encontraban resbalosas por la lluvia hoy ya se encontraban secas y Paquita lentamente y con cautela empezó a bajarlas, cuidando de que ninguna piedrita se clavara dentro de sus cascos. Al fin y al cabo eran los únicos zapatos con que contaba y debía protegerlos para poder llegar al destino que tenía reservado. Recorriendo los matorrales que cubrían la capilla olfateó para ver si podía encontrar algo de alimento pero solo eran ramas secas sin casi nada verde. Era evidente que el otoño no ayudaría mucho a la burrita con su alimentación.
 Siguió un momento merodeando el lugar sin obtener ningún resultado, sin olvidarse de vez en cuando de mirar hacia atrás para cerciorarse de que no se alejaba mucho del refugio. Paquita no quería volver a perderse en el desierto ni mucho menos abandonar a su amigo que tanto la necesitaba y de repente en una de esas volteadas de cabeza se dio cuenta de que algo se movía detrás de unos arbustos y sus orejas instantáneamente de pusieron en alerta.¡No estaba sola! El miedo empezó a subir por sus patas dejándolas casi inmóvil y aunque trataba de moverlas para buscar un escondite o salir corriendo hacia la capilla, su cuerpo no respondía.
 El arbusto seguía moviéndose; evidencia de que algo o alguien se encontraba escondido detrás de sus ramas; Paquita pensaba en lo peor: una fiera salvaje como la que mató a su madre saltaría y ella acabaría siendo la comida de alguien en vez de conseguir comida para alimentarse. Que tristeza terminar así todo esa aventura; tanto caminar en el desierto para llegar a esto. Paquita seguía en sus cavilaciones sin atreverse a mover, quizás el hambre había hecho que ya sus patas decidieran no seguir moviéndose y pensaba: ¡No..de aquí ya nadie me mueve! Y mientras movía varias veces su cabeza en forma horizontal para negar el hecho vio surgir de pronto dos figuras detrás del matorral que hicieron que de un brinco emprendiera la huida hacia la pequeña iglesia; nadie que la viera corriendo de esa manera podría afirmar que esa burrita tuviera un defecto en su pata trasera.
 ¡Estoy perdida!, le gritaba varias veces a su amigo en la pared. “Vienen detrás de mí dos animales salvajes que han salido de unos matorrales. Tienen unos dientes enormes, blancos y salvajes; una forma de rugir que nunca he escuchado y brincan como los mas astutos conejos del desierto” Paquita buscaba mientras rebuznaba un lugar donde esconderse antes de que llegaran las fieras, pero su tamaño no le permitía encontrar un buen lugar. No entraba debajo de las pocas bancas que aún quedaban; ni debajo de la sacristía; en el confesionario ni hablar; probaba entrar a la fuerza detrás de las maderas apiñadas pero lo único que logró fue que cayeran estrepitosamente en el suelo levantando una enorme nube de polvo.
 Resignada a no poder encontrar donde esconderse se sentó debajo de la imagen del Cristo y esperó acompañada que llegara su hora. No paso mucho tiempo para que en la puerta de la iglesia aparecieran a contraluz dos figuras que proyectaban una sombra larga sobre los adoquines angelicales. Sus pasos eran cortos y sus pisadas lentas, pero no se detenían en su camino hasta la sacristía; con la mirada fija en el animalito que se encontraba sentado y temblando debajo del Cristo en la Cruz llegaron al encuentro de Paquita dos pequeños niños de la región.
 Con precaución uno de ellos alargó su mano para acariciar el lomo de la criatura que no dejaba de temblar agazapada con la cabeza entre sus patas. Con suavidad sus dedos recorrían el pelo seco y curtido por el sol de la pequeña burrita que producto de las palabras de ternura que recibía, poco a poco, fue dejando de temblar. Al ver que no había nada que temer, la otra criatura se animó a hacer lo mismo y al cabo de unos minutos los tres, niños y burrita se encontraban brincando en el lugar.
Los niños desde que la vieron sintieron un cariño especial hacia esta burrita que cojeaba al caminar y que mostraba en sus ojos enormes una necesidad de afecto por lo que resolvieron llevarla a su casa, seguros de que sus padres no se opondrían a tener este animalito que podría ayudarlos con el trabajo y a la vez poderles servir de compañía. Haciendo un gesto con la mano, Patricio le hizo señas a la burrita para que lo siguiera y antes de que empezara la retirada, Paquita volteó la cabeza para dirigir su mirada a lo alto de la pared y se sorprendió al ver que ésta se encontraba vacía. En su lugar, había una enorme mancha en forma de cruz que hacía suponer la existencia anterior de algo colgado en ese lugar. Perturbada y preocupada sentía aflicción en su corazón, ella hubiese querido despedirse de su amigo y buscaba por los rincones de la iglesia alguna señal de él, pero sin resultado alguno por lo que al final decidió pensar que había logrado zafarse de sus ataduras.
Es así como Paquita había encontrado en mitad de las montañas, en un lugar enclavado en la Sierra Madre Occidental del norte de Jalisco y olvidado por el hombre, a sus nuevos dueños. Patricio y Adriana, dos niños nativos de la zona.
CAPITULO 6.- MIEDO EN LA ESCUELA.
Han pasado muchos meses ya desde aquel encuentro en la capilla abandonada. Los años han ido trayendo otras primaveras y otros inviernos en los cuales Paquita, nuestra burrita aventurera, ha pasado a formar parte de una familia muy trabajadora del pueblo de San Tomé. Querida por niños y adultos, Paca cada día se pone mucho mas hermosa y no cabe duda de que sus genes hablan por si mismos. Nadie conoce la historia de paca, ni de donde viene, pero si saben que sus padres debieron haber sido unos especímenes de raza pura y cada vez que alguien en el pueblo lo menciona, las orejas de la burrita se paran con orgullo.
Cada mañana, después que los niños desayunan y hacen sus deberes del hogar, sobre su amplio lomo, paquita se regocija en llevar a los niños hasta la escuela y mientras ellos asisten a sus clases ella se queda por los pastos esperando que salgan a recreo. En esas horas, Paquita se divierte como otra niña mas saltando y brincando, paseando a los pequeños y correteando a los grandes. Los niños en regalo le tejen collares con las flores y se las cuelgan al cuello.
Esta escena conmovía mucho a la maestra que aprovechando un rato de descanso miraba por la ventana en aquel atardecer maravilloso, mientras sus alumnos se divertían brincando de un lado al otro bajo la tutela de Paquita que los cuidaba a la vez que jugaba con ellos
La melancolía llegaba a ella cada vez que su mente lograba un poco de tranquilidad, tratando de sentir una presencia en la distancia que llegara junto con ese horizonte que cada vez se hacía mas anaranjado
Los recuerdos vuelan por su mente como escenas repetidas de una historia que ella pretende no querer recordar. Y es que hace ya un par de años, casi al mismo tiempo que llego paquita al pueblo, su Manuel, su novio desde que estaba en la escuela, se despidió de ella prometiendo regresar cuando hubiera podido encontrar la manera de ser digno de ella y ofrecerle todo lo que él anhelaba darle cuando se casaran.
De nada valieron los ruegos de la maestra para convencerlo de que ella solo necesitaba su amor, porque él, un domingo bien temprano por la mañana en el primer autobús del pueblo, partió hacia otra ciudad lejana sin que ella hubiese tenido noticias suyas en todo este tiempo, llegando a suponer que quizás por esos lugares, Manuel ya se hubiera encontrado alguien mas para compartir su vida.
Sin embargo, hoy Adela miraba por la ventana, con esa misma mirada esperanzadora que la hacía creer que algún día detrás de esas montañas vería regresar al hombre que una vez le juro vivir a su lado para siempre…
-Maestra…maestra…grito uno de los niños. Patricio se ha caído en un pozo y no puede salir.!!
Los gritos de Juanito sacaron abruptamente a la maestra se sus pensamientos y levantándose apresuradamente corrió al encuentro del niño. Ciertamente, en medio del patio donde los niños solían jugar, se había formado una especie de cueva vertical en donde a duras penas se lograba divisar al pequeño. Adrianna, al ver que su hermano estaba en el fondo de ese agujero, lloraba sin cesar mientras los demás niños le lanzaban cuerdas para ver si el niño lograba asirse pero todo era inútil, el agujero era profundo y las cuerdas muy cortas.
- Dios mío…necesitamos ayuda antes de que anochezca..No puedo dejar a los niños solos..y no puedo quedarme sin hacer nada..que hago?
Juanito le dijo a la maestra que el podría ir encima de Paquita hasta el pueblo y buscar ayuda y ella entendiendo que era lo mejor que se podía hacer, dejo marchar al niño de inmediato sin dejar de advertirle:
- Agárrate bien del cinto…no te acerques mucho al despeñadero…por favor Juanito, ve con cuidado -
- Si maestra..no tenga cuidado..volveré…
Como le sonaba mal esa palabra a Adela..”Volveré”…y movió su cabeza repetidamente para olvidarse del significado que tenían para ella..
- Patricio..puedes oírme? Estas bien? No te has hecho daño?
El niño respondía cada una de sus preguntas tranquilizándola al escuchar que se encontraba bien y que no se había hecho daño pues Adela no se podía dar el lujo de llorar en estos momentos frente a los demás niños. Mientras hablaba con la maestra, Patricio le contaba que algo raro había en ese lugar. Era como si muchas cosas de diferentes tipos se encontraban apiñadas una sobre otras pero escasamente podía reconocer que era ya que la visibilidad era casi nula. Lo único que podía hacer era tantear con sus pequeñas manos con cuidado sin mover mucho las cosas de lugar.
- Patricio, mantente en un solo lugar..el piso no esta muy firme y si se desploma será mucho mas difícil sacarte de ahí.
Pasaron casi dos horas antes de que llegara ayuda del pueblo y el sol estaba ya rozando el horizonte. El color rojizo propio de estas horas teñía el cielo de tonalidades otoñales que servían de fondo a este drama que ocurría en las inmediaciones de la escuela. La labor del rescate no fue nada fácil. El piso en la cima del agujero se encontraba débil y con cada intento de jalar la cuerda se desmoronaba. El miedo de que viniera un derrumbe y sepultara al niño se sentía latente.
Paquita, inquieta, revoloteaba alrededor de los hombres que lanzaban una y otra vez las cuerdas. Ella quería ver a su niño Patricio de nuevo y no sabía de que manera ayudar. Daba vueltas y mas vueltas pensando en lo que ella podía hacer pero los hombres la alejaban del lugar con gritos que la ponían triste.
Cada vez el lugar se ponía mas oscuro. A estas horas ya varias personas mas, incluyendo a los padres de Patricio, se encontraban en el lugar tratando de ayudar. Los hombres estaban haciendo una escalera con las ramas y las cuerdas que habían traído. Pero tenia que ser una escalera muy larga que llegara hasta donde el niño se encontraba y se calculaban unos 10 metros. Nadie se explicaba como Patricio no se había hecho daño y algunos aducían que la caída debía haber sido diagonal y lentamente porque de haber sido vertical el niño tendría algún hueso roto.
Paquita, sin saber como, ni porque, tuvo un presentimiento o un instinto. Ella había crecido en el desierto, no era una mulita culta pero si astuta como su padre y ella conocía bien algunos secretos de la zona. Muchas veces su padre, para protegerla de los animales salvajes la llevo hacia algunas cuevas que estaban enclavadas en las montañas y las cuales tenían muchísimos pasadizos. En algunos de ellos se podían observar algunos agujeros en la cima por los cuales atravesaba la luz del sol…
Los hombres terminaron de hacer la escalera y estaban listos para descenderla por el boquete en el piso. Llamaron y llamaron a Patricio para advertirle que tuviera cuidado al subir por ella pero no recibieron respuesta.
- Patricio! Despierta, ya es hora de volver a casa- Decía su madre entre lagrimas, pero el silencio era total
Uno de los hombres trato de asomarse al agujero y alumbrarlo con una antorcha de cebo para ver donde se encontraba el niño y de repente, el miedo que todos tenían se hizo real…El piso cercano al borde se desplomo cayendo un alud de tierra sepultando gran parte del foso .
Todo el mundo gritaba, lloraba… Dios mio!! Patricio quedo enterrado varios metros abajo!!
Y en medio de todo ese alboroto y lamentos de repente surgió una figura de entre la oscuridad. Paquita, con su patita coja haciendo clipi titab clipi titab..llena de polvo de las patas a las orejas, llevaba sobre su lomo a un niño Patricio casi adormecido.
- Mama..papa, estoy aquí, no lloren
Todos corrieron a ayudar a Paquita y bajaron al niño para acurrucarlo en sus brazos. Los hombres le daban palmadas a la burrita ..¡Bien hecho, Paquita…bien hecho! , y entre risas y el jolgorio de haber podido rescatar al niño, los habitantes del pueblo de San Tomé fueron dirigiéndose cada uno hasta sus hogares dichosos de haber podido terminar este asunto trágico en un final feliz.
Pero aun faltaba por venir alegría a este pueblo, ya que lo que ellos no sabían y no tardarían en descubrir, es que dentro de la cueva a donde Paquita había entrado a rescatar a Patricio se hallaban ocultas muchas de las pertenencias del encomendado Don Gonzalo Quevedo que mucho antes de abandonar estas tierras había mandado a esconder para venir posteriormente a buscarlas pero que al regresar no pudo hallar.
Paquita, se sentía feliz. Ella había podido hacer algo por estas personas que desde el principio le habían dado cariño sin menospreciarla por su defecto al caminar y hoy había respondido de igual manera al demostrarles cuanto los quería. En eso iba ella bajando al pueblo mientras observaba la noche salpicada de luminosas estrellas cuando de pronto una visión hizo humedecer sus ojos empolvados. Arriba en el cielo, de entre todas las estrellas, había una que titilaba mucho mas fuerte y que ella pudo reconocer como la misma de aquella noche solitaria en el desierto. De nuevo su brillo le trasmitió calma a sus angustiados recuerdos y mientras descendía quiso pedirle a su amiga luminosa un deseo. En secreto, burrita y estrella entablaron una conversación privada pero por la cara de felicidad de la burrita y el brillo de esta estrella que aparecía cada vez que iba finalizando el otoño, podía adivinarse que algo bueno estaba por suceder.
CAPITULO 7.- EL HALLAZGO
Con las primeras luces grisáceas del amanecer, José, el padre de Patricio, abandonó el lecho. Casi dormido aún, recogió unos trozos de leña apilados en una esquina y encendió la lumbre en la pequeña hornilla artesanal aspirando el olor del humo. Se encaminó al riachuelo cercano, donde lavó su cara y mojó sus crespos cabellos oscuros que contrastaban con la palidez de su piel.
José era un hombre que ya pintaba algunas arrugas en su curtida piel producto del efecto del sol del desierto aunque escasamente llegaba a los 30 años. Esa mañana podía notarse en su semblante como si hubiera rejuvenecido; sentía una felicidad que se le notaba a flor de piel y todo debido a que el acontecimiento de la noche anterior había tenido un desenlace feliz. Cuantas horas de angustia transcurrieron desde que supieron la noticia de que su pequeño hijo estaba encerrado en aquel agujero a varios metros bajo tierra. De nuevo cogió agua entre sus manos y la restregó en su cara, necesitaba que el frío del líquido cristalino le recordara que no era un sueño y que su niño estaba a unos metros de distancia durmiendo plácidamente en su cama.
Era un bello amanecer. El viento sonaba entre los rincones de los patios y las últimas gotas de rocío hacían acto de presencia sobre la escasa vegetación. Casi nada se movía todavía en este paisaje mañanero; solo la neblina iba emprendiendo la retirada hasta el siguiente día cuando el frío dejara paso al calor del sol. Era temprano aún pero el humo de las cocinas iba apareciendo en el techo de las casas cercanas anunciando que los hombres del pueblo iban despertando ya de sus letárgicos sueños conscientes de que en el día de hoy tendrían una misión muy importante que cumplir.
Y es que en el pueblo los días transcurrían siempre con mucha monotonía y los hombres dedicaban gran parte del tiempo para la siembra y la cosecha y algunos asuntos del hogar; pero esta mañana, José y varios hombres del pueblo debían ir hasta el lugar del accidente para revisar la zona y así evaluar las condiciones de seguridad con que contaba la escuela. No podían permitir que otro de sus niños sufriera por lo mismo que pasó el pequeño Patricio, ni que padre alguno sintiera el dolor que tuvo que pasar él durante esas horas interminables de angustia.
El olor a tocino y tortillas inundó la pequeña habitación donde vivía Patricio junto a su hermana y sus padres. Los niños no podían dar crédito a su olfato: el olor era igual que en navidad. Normalmente cuando ellos iban para clases podían oler escasamente el olor de la masa de harina tostada sobre el fogón y el café en la estufa, pero hoy la casa invitaba a salir de la cama de un brinco y correr a la cocina, cosa esta que hicieron sin demora alguna.
-              Niños!! Cuantas veces les he dicho que antes de comer debe ir a lavarse
Adriana y Patricio miraron a su madre con una enorme sonrisa en la cara que les hacía pintar hoyuelos en las mejillas, pero no hubo manera de convencerla para evitar el contacto del agua tan fría en sus manos. A regañadientes salieron al patio trasero en donde una tinaja de arcilla guardaba el agua recogida durante la noche y que servía para lavarse cada mañana. Los dientes de Adriana temblaban como un par de castañuelas españolas mientras Patricio palidecía al contacto de su piel con el agua.
Paquita, desde su cobertizo, veía con alegría como el par de hermanitos jugaban con el agua salpicando sus caras mutuamente mientras ella iba desperezando sus patas traseras e invitándolas a que se irguieran para empezar el día. Ella también sería parte de la excursión a la escuela y no podría ser de otra manera porque solo ella conocía el camino por donde llegar a la cueva desde donde había salvado a su amito
La mesa estaba servida. Matilde había preparado tacos con frejoles, tocino y huevos fritos acompañados con una buena taza de atol para los niños y café para ellos. Ellos vivían modestamente y no siempre se podían dar el lujo de comer de esta manera, pero este día habían decidido que la ocasión merecía un buen festejo y por ello han querido darle a sus hijos una pequeña celebración: Patricio estaba en casa y eso era motivo de fiesta
El calor aprieta cada vez que el rabioso sol sube más en el despejado cielo. Al fondo, las montañas forman una larga y aparentemente inaccesible pared que muestran curiosas mezclas de colores amarillos, ocres y verdes. El ligero viento del desierto parece que es lo único que se mueve en este escenario de silencio acompañando al grupo de hombres que se aproximan. Han pasado varias horas inspeccionando los secos y profundos barrancos que parecen venas claroscuras de luz y sombra y por fin han llegado a la entrada de la cueva usada por Paquita la noche anterior.
Justo a la falda de la montaña, encontraron la vieja entrada a una antigua mina de plata que tenía carteles viejos colgados y pedazos de tabla de madera que hace algún tiempo impidieron el acceso a su interior pero que con el paso de los años se habían caído. Ese lugar era tabú para los antiguos pobladores del lugar. Los hombres empezaron a recordar que cuando iban a construir la escuela muchos de los ancianos trataron de impedirlo comentando que en las cercanías había una cueva en donde los espantos se refugiaban y que se habían escuchado en muchas noches los sonidos de cadenas arrastradas por los muertos que habitaban en ella. Para los niños de épocas pasadas, era prohibido acercarse a ese lugar a todos los efectos, pues aparte de ser un lugar abandonado y embrujado, de su techo se desprendían piedras ocasionalmente que podrían dejar enterrado a quien osara penetrarla, y así fue que al pasar de los años nadie se acordó de este lugar.
 Paquita iba de primera en la ruta. Los hombres alumbraban el lugar con sus improvisadas antorchas de ramas de arbustos y grasa. En las paredes de la cueva se podían observar extrañas figuras de caracoles y peces tatuados en piedra ¿o eran caracoles y peces convertidos en piedra? Ellos no sabían como habían ido a parar allí, ni mucho menos podían imaginarse que hace mucho tiempo atrás estas tierras tan áridas estuvieron totalmente cubiertas por el agua del mar, ellos no pensaban en este detalle y seguían hurgando en el suelo con mucho cuidado cuando un ruido de piedras cayendo los hizo poner en guardia.
Al despejarse el lugar de la nube de polvo generada al caer las rocas, pudo verse un gran boquete al caerse una buena parte de la pared. Los hombres con sumo cuidado aproximaron las antorchas para dejar que la claridad inundara en la oscuridad de esta nueva habitación y sus rostros quedaron a su vez pintados con un gesto de asombro e incredulidad. Dentro de esa habitación no habían fantasmas ni espantos, no habían cadenas ni gritos, solamente había desde el suelo hasta el techo una cantidad de objetos antiguos pertenecientes a algún adinerado señor de estas tierras y que sin explicación aparente por los momentos habían quedado ocultas a través de los años.
Cofres de madera con diseños indígenas elaborados en madera, metal y pigmento, cuadros de madera y cobre que representaban ángeles y madonas, otros representando el periodo de evangelización de los indios americanos. Muchos de estos retratos adornaban actualmente iglesias y conventos franciscanos y agustinos. Podía observarse igualmente una gran cantidad de muebles, poltronas de cuero repujado, sillas de montar con incrustaciones de pedrería y de talabarterías en plata que seguramente cruzaron varias veces por el Camino Real para ir de México hasta Santa Fe esquivando indios por los cañones y desfiladeros. Candelabros y espejos de plata cubiertos de polvo pero intactos a través del tiempo salvo por los cristales que algún derrumbe había quebrado. Y así una a una iban a pareciendo las reliquias ante los boquiabiertos espectadores que no daban crédito a lo que sus ojos veían
Paquita, por otro lado, iba moviendo los objetos pesados empujándolos con sus patas para ayudar a los hombres a seguir introduciéndose en el recinto y poder admirar los hallazgos recientemente descubiertos cuando en una de esas, después de hacer a un lado un escaparate de madera tallada se encontró con algo que la hizo quedar inmóvil. Apiñado entre cuadros de Fra Angelico y Boticelli, cubierto de polvo y telarañas un par de ojos la miraban con cierta dulzura.
 Las patas de Paquita se estremecieron al sentir de nuevo esa mirada amiga sobre sus grandes ojos abiertos. Eran un par de ojos cálidos y negros que contrastaban con el blanco satinado del marfil y que ahora, en este momento sin que nadie pudiera percatarse, parecía que le sonreían. Como pudo empezó a quitar los escombros que lo mantenían oculto de la mirada de los aventureros pobladores de San Tomé y los cuales al darse cuenta de lo que Paquita trataba de lograr acudieron en su ayuda no sin antes arrodillarse y después de persignarse develaron lo que oculto de encontraba.
-              Es Nuestro Señor de los Milagros!!- Exclamó uno de los hombres al final del túnel.- Mi abuelo me contó que desapareció un día de nuestra capilla hace ya muchísimos años y nadie supo cual había sido su destino.


Según lo que contaban los ancianos del pueblo, la desgracia apareció en San Tomé el mismísimo día que la iglesia del pueblo fue saqueada llevándose no solo los objetos de oro y plata de la sacristía, sino también la cruz que colgaba del altar mayor. Nadie supo quien había sido pero muchos suponían que Don Gonzalo de Quevedo había mandado a desvalijar todas sus posesiones para ser transportadas por barco hasta España, pero esos rumores se contradecían con la versión de que el comendador había enviado algunos apoderados en busca de parte de sus pertenencias pero estos jamás pudieron dar con su paradero.
Ahora el misterio parecía haber quedado resuelto. Las pertenencias de Don Gonzalo nunca salieron del lugar. El avariento señor comendador, no le bastó con abandonar a su suerte a los antiguos pobladores que trabajaron para el sin descanso en la mina luego de que esta no le diera los dividendos que esperaba sino que huyo del lugar dejándolos en la absoluta miseria. Pero al final obtendría su castigo, porque luego de haber escondido gran parte de sus riquezas en una de las entradas de su mina perdió el mapa que le guiaría hasta ella tratando inútilmente de encontrarla en medio del desierto. Sus descendientes vinieron muchas veces de incognito al lugar para tratar de recuperar la herencia que les dejara el infortunado Don Gonzalo que murió en la mas penosa ruina luego de haber malgastado la fortuna que logró sacar de estas tierra.
Los hombres de San Tomé no solamente habían descubierto objetos de valor que los ayudaría a recuperar la economía de su pueblo, ellos habían encontrado de nuevo el motivo por el cual sus habitantes habían perdido incluso la fe y por el cual gran parte de sus jóvenes huían hacia otras ciudades. Y es que en San Tomé desde hace mucho no venía un cura a oficiar una misa porque no contaban con una capilla, y los bautizos al igual que las bodas debían ser realizados en la ciudad mas cercana que quedaba a no menos de dos horas en carreta.
-              San Tomé tiene de nuevo a su patrono!!
 Gritaban los alegres hombres mientras descendían el camino de regreso a casa y sus gritos eran tan fuertes que todos los habitantes se asomaban al escuchar los estruendos que provenían al final del camino. Entre el polvo levantando por los pasos de la expedición matutina se podía observar a la protagonista de nuestro cuento llevando al lomo una buena parte del crucifijo mientras de vez en cuando volteaba para cerciorarse que su amigo aun le sonreía con los ojos. Ella lo miraba y de sus ojos salían palabras de aliento para esta criatura que se encontraba atada sobre estos maderos.
-              Aguanta amigo mío, dentro de poco volverás a estar en el mismo lugar que ocupabas el primer día que te conocí. Ese día me ayudaste a encontrar el camino a mi nuevo hogar y luego te perdí, pero hoy te he encontrado de nuevo y soy yo quien guía tu regreso al hogar, ya falta poco, descansa sobre mi lomo que ya no tienes nada que temer.
Paquita iba entrando al pueblo con esa mirada triunfal sabedora de haber cumplido otro día mas con su misión. El aire que respiraba era suave, el viento chocaba contra su hocico y movía sus orejas de un lado al otro mientras iba llegando de nuevo a su querido pueblo , su hogar, el lugar en donde ella sería completamente feliz el día en que sus deseos se hicieran realidad…. y ese día estaba cercano.
Continuara….

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